La seguridad ciudadana en el debate

seguridad ciudadanaDesde mediados de los 90s, en el Perú se vive una falsa y tensa calma, según la cual podíamos respirar tranquilos en las ciudades debido a la supuesta derrota del terrorismo, aquel flagelo violentista que llenó de pánico y luto a miles de familias. Sin embargo, esa situación dio paso a un lento recrudecimiento de la inseguridad que hoy, bajo el auspicio de la cultura de la informalidad, el empoderamiento del lumpenaje a través de la política, la televisión comercial y la farándula y la corrupción transversal a todas las actividades sociales y empresariales, se encuentra en uno de sus puntos más altos y preocupantes. Hace cinco años, algunos analistas decían que Lima estaba en camino a convertirse en Ciudad Juárez (México). Eso, lamentablemente, es hoy una realidad.

Hasta hace pocos meses las noticias llegaban desde Trujillo: atentados, ajustes de cuentas, balaceras entre pandillas. Y casi como repitiendo la historia de los años ochenta, el resto del país hizo oídos sordos a las recomendaciones y continuó por la senda de la complacencia. Total, mientras no pase en la esquina de nuestra casa no hay problema, parecíamos decir. Ahora vemos con un estupor poco creíble, cómo la delincuencia armada va tomando las calles de nuestra capital con absoluta impunidad, sin que nadie en la gran prensa ni en las autoridades pertinentes encuentre los hilos conductores de esta violencia desatada e incontrolable.
Los canales de televisión repiten hasta la saciedad las imágenes espantosas de un hombre asesinado a sangre fría en una notaría y después, a titular de bandera, los periódicos anuncian el éxito en el rating nocturno de esa miniserie que ha convertido en estrella de la televisión a uno de los peores narcotraficantes de la historia reciente: el colombiano Pablo Escobar. El negocio de la publicidad y el avisaje llevado a su máxima expresión, a la completa falta de escrúpulos en favor de su liderazgo en sintonía. Mientras tanto, en los mercados negros se venden las temporadas completas de dicha miniserie, a precio mínimo, y quedan a disposición de los pistoleros cada una de las técnicas que, con detalle cinematográfico, muestra esta “super producción” sobre cómo esconder armas en maletines, cómo incursionar en casa ajena, cómo disparar a quemarropa.
Cuando la familia de un congresista es baleada, los ministros se reúnen y el presidente anuncia, con bombos y platillos, un Consejo Nacional de Seguridad que luego no funciona, no sesiona, no ordena nada. Más de un año después muere un fotógrafo, un esforzado periodista de la imagen, acribillado en la puerta de su casa, delante de su hija de 10 años de edad. Acto seguido, abundan los reportajes sobre el caído, con música melodramática de fondo, imágenes de su rostro sonriente en cámara lenta y las “desgarradoras escenas de dolor” de una familia que jamás volverá a ser la misma. Ninguna declaración del Consejo Nacional de Seguridad, ninguna acción inmediata. Solo un segmento de noticiero que después será valorado en razón a la cantidad de televidentes que capturó en media hora de duración.
¿Cómo hemos llegado a este nivel de barbarie? Basta con recordar el “estatus” de estrella de cine que se le dio durante semanas a un adolescente trujillano dedicado al sicariato y los ribetes de telenovela o de “reality” (ese nocivo género televisivo que destruye, a diario, las posibilidades de cualquier mejora en la educación nacional de nuestros alumnos con sus malos ejemplos, sus vulgaridades y su franca disposición a hacer lo que sea, sin restricciones, con tal de vender más publicidad) que le imprimieron a su vida personal, para entender quiénes son los principales responsables de este estado de peligrosidad en el que se encuentra sumida nuestra sociedad.
La inseguridad ciudadana es ya una realidad pero mientras sigamos cayendo, de manera cómplice, en la falacia de que la televisión morbosa, la política que se ejerce de espaldas al buen criterio y al sentido común no tienen nada que ver con todo esto, que estos asesinatos y asaltos son casos aislados, y sigamos colaborando, desde nuestras casas, con la validación de estos patrones negativos de comportamiento que van mellando la capacidad de sensibilizarnos ante la desgracia ajena, más policías, periodistas y ciudadanos comunes y corrientes seguirán sucumbiendo ante las impunes malas artes de quienes se sienten poderosos porque tienen un arma entre manos y que viven convencidos de que nada les va a pasar, que nadie detendrá su camino al “éxito”.
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